miércoles, 20 de abril de 2011

La Doncella Divina

La doncella divina.


    Érase una vez un reino próspero, que alcanzó su auge al cimentarse sobre el don de la belleza. Adoraban lo hermoso y era su sueño, ambición y deseo de todos los días, su menester era el amor por lo bello y lo agradable, al grado que todo estaba construido en base a la estética. Cada casa, columna, piso o pared estaba recubierta de adornos, esculturas y pinturas que mostraban a los dioses en su gloria divina y por todo el reino se sentían el olor de flores y plantas aromáticas que usaban para perfumar sus ropas y sus alimentos.


Los soldados utilizaban espadas y armaduras ornamentadas con grabados sobre batallas de sus antepasados y dominaban el arte de la guerra, la equitación, el tiro con arco y con ballesta y todo el lugar estaba rodeado de una muralla magnificente de piedra, pues en los territorios más allá vivían grupos de bárbaros y pueblos salvajes, además de peligros más antiguos que las personas, perdidos en las montañas, y otras bestias y criaturas que se escondían de la luz en los bosques negros.


En el reino abundaba el placer y la gente vivía feliz rodeada de lujos que ellos mismos construían en honor al don de la belleza que los dioses les habían concedido. Excepto por Tideo, quien todos los días lamentaba ser la persona más desafortunada del reino, pues no poseía el don de la belleza como todos los demás, al contrario, había nacido maldito con la fealdad.


Tideo no poseía ningún talento, era feo y vivía solo y triste en una esquina oscura de la muralla. La gente del reino sentía repudio, desprecio y vergüenza hacia él. Su sola presencia era motivo de burlas y agresiones, creían que era un monstruo o algo maligno y le atribuían muchos de los males que tenían lugar en el reino. Cansado de sufrir la injusticia de haber nacido con la maldición de la fealdad, un día decidió acabar con su vida y poner fin a su sufrimiento.


La muralla era de la misma altura por todos sus lados, pero en el costado oriental se encontraba un acantilado en cuyo fondo había rocas afiladas y esqueletos de desafortunados que habían caído de ese lado. Era una muerte segura y Tideo se encontraba al borde. Antes de saltar, miró al cielo y blasfemó como venganza a los dioses injustos que lo habían maldecido con la fealdad. Pero al voltear su vista hacia abajo, un brillo dorado llamó su atención y, a partir de ese día, su vida cambiaría para siempre.


Después de bajar la muralla y aventurarse fuera de la ciudad a donde el brillo dorado había llamado su atención, notó que se trataba de un extraño pincel dorado, con hebras de pelo de algún animal fino. Al voltear a su alrededor, no pudo ver rastros de pisadas o una carroza que hubiera pasado por ahí y el pincel estaba seco y limpio, como si hubiese aparecido ahí de repente, como un regalo de los dioses en recompensa por sus años de sufrimiento u otra cosa.


Tal como había pensado, no se trataba de un pincel ordinario, pues aunque nunca había pintado antes, al momento de usarlo se volvía un maestro con la pintura y el lienzo. Más que maestro, había algo en sus obras que destacaba y las hacía brillar, darle vida a cada cuadro y poseían una hermosura nunca antes vista, tanta que sus pinturas poseían más belleza que los objetos que pintaba.


Pasó de ser el más pobre y miserable habitante, casi sin escalas, a la corte real. Era el maestro del círculo de pintores, arquitectos y artistas y nadie poseía tanto talento como él, con su pincel dorado. Las doncellas pagaban una fortuna para poder ser retratadas por Tideo, el maestro pintor. Todo el mundo quería ser retratado por el buen maestro pintor, incluso aquellos que antes lo llamaban monstruo, ahora nadie se fijaba en su cara, pues sus pinturas eran tan deslumbrantes que nadie podía apartar su mirada de ellas.


Acumuló riquezas como ningún otro artista del reino. Su mansión estaba llena de lujos y tenía sirvientes que cumplían todos sus caprichos y tenía que construir cada vez más y más habitaciones y bóvedas para guardar los tesoros, joyas y montones de monedas de oro, pues con cada pintura, Tideo se superaba a sí mismo y cada obra era más majestuosa y valiosa que la anterior. Así llegó a ser el habitante más admirado del pueblo, pues su obra era prueba de la existencia misma de los dioses y la divinidad en ellos.


Un día, Tideo pintaba desde la ventana de su mansión cuando notó una figura blanca que saltó la reja, fue directo hacia el portón de la entrada, a través del jardín, que desde esa ventana no era posible vislumbrar, para luego salir de otro salto y perderse en la oscuridad del bosque negro tan rápido como entró. Extrañado, bajó hasta la puerta para buscar rastros de esa criatura o demonio y lo único que encontró fue un sobre con su nombre escrito y una carta adentro que decía:


“Dicen que usted es un maestro pintor, que puede tomar cualquier persona o cosa sin importar su fealdad y volverla hermosa en sus cuadros. Yo he nacido con la maldición de la fealdad y deseo que me cure con su talento pero no tengo bienes que ofrecerle  pues mi casa en el bosque negro es la única posesión que puedo darle a cambio de su trabajo aparte de mi humilde servidumbre y favor, espero entienda que la situación es desesperada en la que me encuentro.” Firmada por Eclena.


Tideo, conmovido con la carta, recordaba el tiempo en que fue feo y era repudiado por todos en el reino. No le importaba el dinero pues tenía tanto como para diez vidas y lo haría, demostrándoles a los dioses su gratitud por el talento que se le habían otorgado. Así que, esa misma noche, subió sus pinturas, clavos, maderas, lienzo y, por supuesto, su pincel dorado a un caballo gris y emprendió su marcha hacia el camino oscuro con una lámpara de aceite en un bastón como guía.


No sabía cómo encontraría a Eclena, pero tenía la sospecha de que no tardaría en toparse con ella.  Al adentrarse en la espesura del bosque, la noche parecía más intensa y escuchaba gritos  y chillidos de aves, insectos y otros seres a los lados del camino. Entre ellos, los gruñidos de alguna especie de fiera que se ocultaba en los matorrales que lo seguía. Pronto, el gruño se convirtió en dos y en tres y al poco tiempo, gruñidos de bestias de la noche parecían rodear a Tideo.


Repentinamente, Un poderoso aullido estremeció la noche y silenció la orquesta de sonidos en los alrededores. Cuando regresaron las eufonías, ya sólo se escuchaban los grillos y pájaros nocturnos a lo lejos, ninguna amenaza cercana, ningún gruñido y tampoco aullidos, sólo una lechuza que observaba desde una rama con sus grandes ojos verdes y sus plumas como la luna, que se ocultaba entre las copas de los árboles. Entonces Tideo, el maestro pintor, siguió internándose en la espesura.


La luz de la luna y las estrellas apenas se colaba por el techo entretejido de ramas y hojas que formaban los árboles, sus ramas puntiagudas parecían garras en la noche y el instinto del caballo le advertía el peligro que se avecinaba. Augurando un mal inminente, el caballo deseaba regresarse a la ciudad o cualquier lugar lejos de ese bosque oscuro, pero Tideo lo calmaba con palabras alentadoras y palmadas, trataba de mostrarse calmado para no atraer a las criaturas de la noche con el olor de su miedo.


El piso lodoso se espesaba en lo profundo del bosque oscuro, el sendero había desaparecido en un mar de árboles tiempo atrás y Tideo aún no encontraba a Eclena. Perdía las esperanzas, pues parecía que había caminado toda la noche, pero la oscuridad era casi perpetua, sólo unos pocos rayos de luz se colaban por el techo de ramas y hojas, como si la luna continuara despierta y el sol no saliera jamás. El cansancio lo obligaba a preguntarse sobre su misión, replantearse la idea y volver a los lujos de su mansión. Sentado al borde de un sauce, mirando a su caballo tomando pequeñas siestas, pero despertando de vez en cuando, vigilante.


El tiempo siguió su marcha y no amanecía en el bosque oscuro, el cielo estaba igual de tupido por los árboles, pero ahora el viento enfriaba y Tideo se cubría con la ropa que tenía. El cansancio y el frío lo golpeaban como las olas chocan contra la proa de un barco y con cada arremetida se agotaba más y más, esperando su inevitable fin, entre la nieve que parecía salir de la oscuridad.


Cuando Tideo abrió los ojos, el calor lo sobrecogió. Olía una hoguera de leña con alguna sopa cocinándose al fuego y la esencia del pino quemándose. Empezó a escuchar el burbujeo de una olla y, conforme sus ojos despertaban, notó un techo de paja y sus manos rozaron una cobija de piel de oso o de lobo que lo abrigaba. El chillido de una puerta al abrirse llamó su atención, pero sus ojos fallaron repentinamente, se volvieron a cerrar y su mente se sumergió en un sueño profundo.


Lo último que recordaba Tideo era ver una silueta entrar por la puerta de la habitación en la que estaba. Asumía que algún viajero perdido lo había encontrado en medio de la tormenta y lo llevó hasta su casa, algún admirador o conocedor de su firma o quizá sólo un hombre bondadoso. Pero al despertar del sueño profundo, la esencia de las flores llamó su atención, pues era invierno. Se trataba de una doncella, de vestir arabesco y sin peluca, con cabello negro y largo, pero seco y sucio, con algunas hojas atoradas que parecían haber estado ahí desde el otoño. Pero Tideo veía su rostro y era todo lo que le interesaba.


Alguien que conocía la fealdad y la belleza, como Tideo, que había sido feo tanto tiempo para después convertirse en el maestro de maestros de la belleza, podía reconocer esta virtud cuando la veía y en ese momento la tenía enfrente. La doncella de cabello seco deslumbraba de una forma que Tideo nunca lo había visto, era como ver un cuadro que él mismo hubiera pintado con el poder de su pincel divino, pero que se movía y estaba vivo, no sólo un cuadro plano e inmóvil, colgando de una pared.


La doncella se presentó como Eclena, pero Tideo seguía hipnotizado por la luz que ella emanaba, dijo haberlo encontrado en medio de la tormenta y lo había traído a su casa. Casi muere, pero pudo salvarlo a tiempo. Su caballo no había tenido tanta suerte, probablemente siga ahí de pié, como una estatua de hielo, y así estará hasta que llegue la primavera. Con medicina del bosque había logrado parar su fiebre y sus temblores, entre otros dolores y debilidades que le había dejado la tormenta.


Tideo le debía la vida a Eclena y no había algo que deseara más que inmortalizarla en uno de sus cuadros. Pero aún su pincel divino no honraba la poderosa belleza que de ella procedía. Esta vez tenía que hacerlo él, olvidar el pincel divino, hacer un cuadro que sea como ella es en realidad, pues no habría forma de que pudiera verse más hermosa que como ya era. Sin embargo, su habilidad dependía de su pincel mágico y le tomaría meses hacer una pintura con un pincel común y corriente. Pero nada de esto le importaba, pues estaba completamente perdido por la perfección de Eclena, así que guardó su pincel en un pequeño cofre de madera.


Decidido a pintarla con su mano y un pincel de pelo y madera. Tideo empezó con un lápiz, haciendo pequeños bosquejos, mientras Eclena posaba para él. Con cada dibujo que hacía, mejoraba un poco más en comparación al anterior. Y así siguió, todo el día y el día siguiente y el día que seguía y cuando se dio cuenta ya había pasado un mes completo y estaban en pleno invierno.


Eclena tenía fruta seca en sacos y animales congelados se enterraban en la nieve que se acumulaba a los costados de la cabaña. Con la leña, todo se podía comer y la nieve se podía beber, las noches eran pesadas, pero los dos juntos podían superar el frío pegando sus cuerpos para conservar el calor junto a la fogata, cubiertos de una piel, que en realidad era de oso.  Mientras Tideo seguía dibujando a Eclena mientras ella posaba para él. Después del lápiz, pasó a la pintura.


Pasó otro mes antes de que Tideo tuviera lista la forma del cuerpo de Eclena, pero por más que lo veía, no quedaba del todo satisfecho y sin pensarlo un segundo cubrió todo de pintura negra para volver a empezar. Se frustraba de ver la belleza de Eclena frente a él y no poder plasmarla en el lienzo, era algo que ni los dioses le podían conceder, iba a requerir de toda la fuerza de su alma, pues sus ojos estaban ciegos por Eclena. Pero seguía pintando, movido por el amor que sentía.


Estaba atardeciendo cuando Tideo pintaba a Eclena en un lienzo, mientras ella posaba para él. Cuando se escuchó un golpeteo en la puerta, cuando Eclena abrió la puerta, un cuervo negro entró volando y se posó en su hombro, pegando el pico en su oído, y abriéndolo, como susurrando algo. Eclena se puso un saco grueso y tomó una vara de madera y salió por la puerta apresurada. Tideo corrió tras de ella, pero al abrir la puerta sólo vio nieve y un sol rojo, pero a lo lejos escuchaba el marchar unísono de un ejército que se acercaba. Tan perfecto era su andar que sólo podía provenir de su tierra natal, sólo el entrenamiento riguroso de los comandantes creaba un ejército tan magnificente que los pasos de cada soldado estaban sincronizados con los caballos.


Arrastrándose entre la nieve, llegó a un claro donde pudo ver a unos metros las ornamentadas armaduras y espadas del ejército real, frente a él. Pero entre él y el ejército, en un árbol una lechuza blanca pareció destellar y cuando el destello desapareció, pudo ver a Eclena, parada frente al ejército, sin intención de darse la vuelta. Todos los soldados se impresionaron, pero no dieron ni un paso atrás, por lo contrario, asumieron una posición de combate sacando sus espadas y sus lanzas y tensando sus arcos. Eclena entonces adoptó una postura extraña, levantando el báculo de madera que tenía con ella.


El ejército real disparó una lluvia de flechas directo hacia Eclena, pero el cielo se oscureció de repente y de la nada, una tormenta de nieve azotó el campo de batalla, derribando a algunos jinetes y desviando todas las flechas que se congelaron y cayeron al suelo inofensivamente. Esto duró un instante, pues el cielo se volvió a abrir con un tono rojizo y el ejército comenzó su marcha hacia adelante, levantando sus espadas y sus lanzas. Pero Eclena volvió a elevar su báculo y parecía que un brillo rojizo salía de la punta.


Tideo, asustado por la escena que veía, corrió hacia el campo de batalla y al postrarse entre Eclena y El Ejército Real, todos se detuvieron y miraron y lo miraron. Tideo trataba de entender lo que estaba pasando y miraba hacia atrás y hacia adelante buscando una explicación, cuando del ejército comenzaron a escucharse gritos que le advertían que Eclena era una bruja y lo había secuestrado, pero que ellos vinieron a rescatarlo, pero para romper el hechizo tendrían que cortarle la cabeza a la bruja.


Eclena nunca hablaba, pero Tideo que había vivido con ella los últimos meses, sabía que ella no era más que la doncella más bella que jamás había visto, no había dama más virtuosa y perfecta y, por supuesto, lucharía con su vida para defenderla. El ejército no se intimidó, pues su misión era clara, rescatar a Tideo y cortar la cabeza de Eclena. Sólo así tendrían de vuelta a su  pintor, para que siga llenando de belleza el reino con su don, pero se detuvieron de vuelta y antes de que Tideo pudiera voltear, fue sujetado de los hombros por un águila, más grande que un hombre, y jalado por encima de las copas de los árboles hasta llegar a la cabaña de Eclena, donde fue depositado fuera en la nieve suave.
El águila entonces, voló de nuevo hacia el campo de batalla y Tideo empezó a escuchar a los lejos el rugido de una bestia que jamás había oído antes. Podía ver una luz que encendía de rojo la noche y al instante escuchaba gritos y el sonido de metales golpeando contra las rocas. Entonces se le ocurrió una idea, entró en la cabaña y buscó el cofre de madera donde había guardado su pincel mágico y cuando lo encontró, se arrastró otra vez en la nieve hasta el campo de batalla.


Al llegar la pelea seguía, sin embargo, pilas de soldados muertos se acumulaban alrededor de un dragón del tamaño de un árbol que luchaba furiosamente contra el ejército, escupiendo bolas de fuego de su hocico y relámpagos que salían de sus ojos. El dragón agitaba sus alas sujetándose del piso y el viento que generaba hacía volar a los soldados derribando varias filas. Con su cola golpeaba a cualquiera que se le pusiera atrás y arremetía el suelo. Los soldados apenas podían acercarse a dragón.


Tideo levantaba el pincel dorado con su mano para que todos pudieran verlo. Sin duda, el brillo mágico del pincel llamó la atención de todos y la batalla se detuvo al instante. El dragón arremetió contra los soldados que la rodeaban y el resto se echó para atrás, ya nadie volvió a atacar pues los ojos de todos estaban sobre ese brillo dorado. El pincel que los dioses le habían dado como muestra de su bondad, ahora era lanzado al aire hacia el fango con sangre, agua y nieve.


Los soldados veían el pincel y veían a Tideo. Pero su expresión ya no era la de antes, ahora Tideo tenía la apariencia de algún miserable ser, maldecido por la fealdad. Mas el pincel los llamaba, los tenía hipnotizados con visiones de fama, fortuna, oro, bellezas y placeres como nunca tendrían acceso. Así que, cuando el primero de los soldados dio un paso hacia el pincel, todos los demás echaron a correr tras él. Olvidando a Tideo y olvidando al dragón gigante. Todos fueron hacia el pincel y uno de ellos fue el afortunado en obtenerlo primero.


Al soldado que agarró el pincel dorado, nadie se lo intentó arrebatar, pues ahora que tenían el pincel, ya no necesitaban a Tideo ni pelear contra un dragón, su misión estaba cumplida. Por traer de vuelta la virtud y la belleza del pincel mágico a su reino, El Rey los recompensaría con tal abundancia y serían recibidos como héroes tan grandes que sus hijos y los hijos de sus hijos usarán armaduras labradas sobre ellos y la batalla contra El Dragón y las pinturas que se hagan con ese pincel colmarán de virtud y belleza las calles del Reino como nunca.


Con un paso relajado, los soldados se alejaron del campo de batalla, perdiéndose en el bosque y en la nieve hacia la ciudad, riendo y bromeando, bajando sus espadas y quitándose sus cascos. Algunos brincando de alegría y otros cargando a los pocos heridos que pudieron salvar. Mientras que en el campo de batalla, alrededor de soldados derrotados apilados unos sobre otros, se encontraba Eclena. Sus ojos brillaban como si tuvieran rayos adentro, exhalaba llamaradas y la expresión de su rostro era atemorizante.


Tideo corrió hacia Eclena, saltando los cadáveres de soldados, espadas, lanzas y escudos tirados en el suelo, además de flechas enterradas. Cuando llegó a ella, la abrazó y los ojos de Eclena volvieron a su color normal, la expresión de su rostro volvió a ser calmada y dejó de exhalar llamaradas. Sus brazos envolvieron a Tideo. Nadie que la haya visto antes convertida en Dragón ha querido volver a estar con ella, pero a Tideo no le importaba, sólo deseaba estar con ella.


Esa noche, en la cabaña, Eclena le explicó a Tideo que en realidad ella era una bruja, había nacido maldita con poderes excepcionales pero que sólo servían para la muerte y la destrucción. Fue desterrada de su pueblo y condenada a vivir en el bosque oscuro, aprendiendo a defenderse sola con la ayuda de sus poderes mágicos. Pero a Tideo no le importaba, ante sus ojos, era la doncella más hermosa del mundo y debía estar con ella para inmortalizar su belleza en un cuadro honraría su perfección eternamente.


Tideo al final terminó su pintura y la tituló “La Doncella Divina”, pero le tomó toda una vida junto a Eclena alcanzar la perfección que él deseaba y cuando terminó, él y ella estuvieron tan cansados, que su vida pasó frente a sus ojos en un instante y su historia fue la de una misma persona y en esta sólo había felicidad. La obra maestra de Tideo, la pintura de su amada Eclena, terminó en la galería de arte real y de todos los cuadros que ahí había, de todas las princesas, reinas y damas que se retrataron alguna vez con pincel mágico o sin él, la obra maestra de Tideo era la más bella de todas, pero nadie nunca supo de quién se trataba o quién la había pintado.


FIN

miércoles, 5 de enero de 2011

Gutri


En una galaxia muy lejana, un cometa viajaba solitario en un mar de profunda tranquilidad. Atravesaba el espacio sin un rumbo aparente y estaba habitado por un pueblo de gente pequeñita. Amigables granjeros y mineros que vivían de cosechar el suelo del cometa y dedicaban su tiempo de ocio en bailes y festejos. El pueblo estaba compuesto por familias, casi todos se conocían y la comunidad era como una fotografía donde las generaciones que surgían hacían el trabajo de sus padres, quienes a su vez hicieron el trabajo de sus padres y así hasta remontarse a épocas desconocidas, antes de que el pueblo habitara el cometa. Todo lo medían con un Smizmar, que era la mitad del tamaño promedio de un habitante del pueblo.

La gente del pueblo había hecho su casa de los hongos que crecían por todas partes, algunos alcanzaban los treinta Smizmar de alto. Las personas eran tan pequeñas que una familia entera podía vivir en cada hongo. Todos tenían apariencias amigables y bonachonas, algunos tenían más cabello que otros y otros eran más altos o más delgados, pero en su mayoría todos parecían hermanos o familiares cercanos, pues no se les podía reconocer por el rostro sino por su vestimenta, la cual era parte importante en el pueblo, ya que todos vestían ropas únicas hechas por sí mismos con los materiales que podían encontrarse en ese cometa.

Las granjas eran todas parecidas, modestas extensiones cuadradas de tierra llana de unos cincuenta Smizmar a lo largo y a lo ancho, donde cultivaban vegetales y hongos. Algunas granjas entrenaban gusanos que vivían bajo la tierra para usarlos de transporte o para cargar o jalar cosas por el pueblo. Aquellos que no se dedicaban a las granjas, forjaban el hierro para hacer herramientas e utensilios y estaban también los que talaban los hongos para hacer muebles con su tronco. Otro gran grupo eran los mineros, vivían en la zona más oscura del cometa y extraían hierro que intercambiaban con los herreros. También unos pocos valientes se atrevían a atrapar dientes de león. Eran más grandes que una casa y sólo podía atrapárselos saltando de un risco al vacío y aferrándose del tronco de un diente de león. Si se tenía éxito, el peso extra hacía que el diente de león bajara lentamente hasta el suelo. Los dientes de león eran usados para hacer colchones, camas, muebles y eran bien apreciados por el valor de quienes los habían atrapado.

Otro trabajo muy particular era el de buscar agua. En el cometa el agua sólo existía en forma de hielo y se acumulaba en los picos más altos. La solución del pueblo era construir catapultas de tronco de hongo que arrojaban rocas a la cima de la montaña, provocando avalanchas y acercando el hielo a un nivel más accesible. Luego de eso, el hielo era derretido para obtener agua limpia y pura.

Se cuentan leyendas y aventuras en el folklore de este pueblo. Canciones y bailes que hablan de las hazañas de sus antepasados, cuentos que pasaban de los más viejos a los más jóvenes, que relataban los viajes de su gente al otro lado del cometa y de antiguas bestias ya extintas, de las que sólo quedan sus huesos.

Una de esas leyendas habla de un granjero, de nombre Gutri, que vivía solitario, cosa rara en el pueblo, en una casa de hongo en las afueras, casi al borde del cometa. Solía salir por las noches a observar a los catapulteros bajando el hielo de la cima de la montaña, a lo lejos, y a mirar las estrellas. A él le gustaba observar las cosas raras que pasaban en el cielo y siempre hacía experimentos extraños con las estrellas. — ¿Si hay más estrellas en el cielo, mis hongos crecerán mejor o peor?— Se preguntaba. — ¿Las estrellas más bonitas traen buenos presagios? ¿Se podría adivinar el futuro de alguien viendo a las estrellas? ¿Las estrellas hacen ruido?— y siempre tenía dudas y preguntas sobre las estrellas.

Gutri se quedaba dormido sobre el techo de su casa de hongo sumido en sus pensamientos y prefería quedarse a observar el cielo, fumando una pipa de sus hongos preferidos, que ir a festejos en el bar o bailes en el centro del pueblo. Le gustaba observar el humo elevarse y se preguntaba si él también volaría como los dientes de león o como ese humo. Quería viajar a las estrellas o poder entenderlas. —Tal vez si me concentro podré escuchar a las estrellas— decía y cerraba los ojos fuertemente, pero nada pasaba. —Quizá las estrellas puedan darme fuerza y energía…— Nunca dejaba de investigar los misterios del cielo y su sabiduría la plasmaba en corteza seca de hongo con carbón. Tenía tiras de corteza de hongo, llenas de dibujos de estrellas y sucesos extraños que podía capturar de vez en vez, tiradas por el suelo de su casa, sin un orden especial. Además llevaba un diario, una libreta donde escribía sus descubrimientos más importantes.

Las demás personas del pueblo pensaban que era un holgazán y que se dedicaba a perder el tiempo cuando debería estar trabajando en su tierra, pues estaba descuidada y los hongos apenas crecían a su tamaño promedio. Veían siempre su casa como un desorden total y no entendían que tanto miraba al cielo, que siempre era igual de negro tapizado de puntos. —A veces pasan cosas raras en el cielo que nadie puede explicar, ni ese haragán de Gutri— Decía Burtuk, uno de los más viejos y sabios herreros, que vestía una cota de malla de hierro, de gran valor ornamental— Pero lo que pasa allá arriba no nos afecta aquí abajo y hay cosas más interesantes en el pueblo, ahora todo el mundo habla de la boda entre Melba y Nibren. Nibren le ha preparado una sorpresa especial a Melba y no ha revelado el secreto a nadie, pero se le ha visto andando por los riscos y todos sospechan que buscará un diente de león como obsequio de bodas—. Gutri mismo era tema de conversación algunas veces, ya que no hablaba de sí mismo con otros, casi nadie lo conocía y los rumores sobre quién era, de dónde venía y qué hacía corrían rápidamente de boca en boca, cada quien agregándole su toque personal. Aquellos que vivían cerca de él, generalmente sus vecinos granjeros, no se quejaban tanto —No molesta a nadie y, aunque sus cosechas no son las mejores de por aquí o por allá, siempre le sobran hongos de calidad decente y está dispuesto a cambiarlos por debajo de su valor normal— decía Tireste, su vecino más cercano. A Narden, hijo Tireste, le gustaban los dibujos que hacía y su esposa, Garaga, quien gustaba del canto y el baile, era la única que entonaba himnos agradables sobre Gutri y sus estrellas en el bar y en la plaza del pueblo.

Bajando hacia el centro del cometa empezaba una calle llana de tierra que trazaba una línea recta hasta adentrarse en el pueblo, donde se encontraba la taberna, el mercado y la mayor parte de las herrerías. La calle principal se dividía de ahí en adelante hasta llegar a las minas. Conforme uno iba adentrándose en el pueblo, las montañas se hacían más altas hasta cerrar el paso por completo unas como murallas al final del pueblo. Los mineros habitaban la última parte del pueblo, eran expertos excavando y cambiaban minerales con los herreros por herramientas para seguir excavando. Su principal fuente de ingresos eran los minerales, de los cuales el que más extraían era el hierro y el oro. También, muy rara vez se encontraban piedras preciosas, pero su valor era tal que siempre eran robadas o desaparecidas. Otras joyas preciosas, como “El Gran corazón de fuego”, fueron escondidas tan bien por sus dueños que ni ellos mismos las volvían a encontrar. Otras han ido a parar del otro lado del cometa, un lugar frío e inhóspito, donde la gente pequeñita de ese cometa no podría sobrevivir una jornada de trabajo antes de morir congelado. Desde siempre, la caza de las piedras preciosas ha sido la mayor ambición de los mineros.

En su mayoría, los mineros menospreciaban a Gutri, ninguno de ellos lo conocía excepto por Tumblar, pero las historias que escuchaban de él y los cantos de la taberna les hacían pensar que era un holgazán y jamás lograría nada en la vida si no trabajaba duro. Tumblar, conocido por todos los mineros por su fortaleza superior, sólo una vez había viajado tan lejos como para ver la casa de Gutri y aquella vez que lo vio estaba sobre el techo de su casa de hongo, con su jardín descuidado, en comparación con los de sus vecinos, y fumando de su pipa sin hacer nada más que estar recostado —Es un debilucho— Le decía a sus compañeros mientras excavaba usando dos picos a la vez— Su cuerpo es pequeño y su ropa está torpemente remendada, incluso su calzado está roto y se cuenta que jamás lo ha reparado—. Todos los mineros concordaban con estas ideas, con palabras de más y de menos. Pero a Gutri no le importaba lo que dijeran, fuera bueno o malo, poco le interesaba. Toda su atención se centraba en las estrellas.

El jardín de Gutri era de unos hongos morados con puntos rojos, aunque a veces tomaban diferentes colores, llamados “mimbes“, no crecían a más de un Smizmar y eran buenos para comer de cualquier forma: En sopa, secos, asados y hasta se podía preparar cerveza de ellos. Pero los del jardín de Gutri no llenarían ni una docena de barriles, cuando aquellos que crecían en los jardines de sus vecinos llenaban tres o cuatro veces esa cantidad por cosecha. Afuera de su jardín, había una mesa de madera con varios mimbes y un cordel que conectaba una campana cerca del techo de Gutri. Comparado con observar las estrellas, atender su puesto le parecía aburrido y cuando algún comerciante quería conseguir mimbes de baja calidad, podía jalar el cordel para hacer sonar la campana y Gutri bajaría de su techo corriendo a atenderlo, dispuesto a vender cuantos mimbes pudiera al precio que sea. A veces entregaba un barril entero por un par de pepitas de oro y, en otra ocasión, cambió un par de barriles por un pedazo de hierro puro. Con esto Gutri adquiría lo suficiente para cambiarlo por hielo y alguna que otra herramienta. Rara vez Gutri necesitaba algo más, comía de sus propios hongos, igual fumaba de ellos y las hojas para sus apuntes las obtenía de la corteza de su casa de hongo.

Gutri era más que feliz. Su vida estaba libre de conflictos y sus únicas preocupaciones eran las preguntas sobre las estrellas que todo el tiempo atravesaban el cielo, en patrones únicos, algunas chispeantes y otras estáticas, rojas, blancas y amarillas. Otras más grandes que cruzaban el cielo y brillaban intensamente, trazando detrás de sí una delgada línea incandescente, las estrellas fugaces, que eran las favoritas de Gutri. Pensaba que había algo especial en ellas, su vida era tan corta y su existencia un misterio, pero algo le decía que cumplían un papel importante en el universo.

Solía pararse sobre su techo con una regla en la mano, esperando a que una estrella fugaz pasara rasando el cielo sobre su cabeza para poder medirla. Pero simplemente eran demasiado rápidas. Un día, mientras observaba el cielo y fumaba su pipa, notó que cuando el humo se elevaba fuera del cometa, la línea se iba haciendo más delgada y cada vez menos visible. En ese instante, una estrella fugaz pasó frente a él, por encina del pueblo, luego otra estrella fugaz más grande cruzó sobre su casa. Después de mucho meditar, pensó que las estrellas fugaces más grandes eran las que estaban más cerca y las más pequeñas eran aquellas que pasaban más lejos. Concluyó que todas las estrellas son del mismo tamaño. Apuntes de este tipo llenaban sus hojas y sus pensamientos y él investigaba hasta el cansancio.

Hasta que finalmente, hizo el descubrimiento más grande que jamás hubiera visto ese pueblo de gente pequeñita que vivía en el cometa. Como siempre, estaba observando las estrellas en busca de estrellas fugaces sobre su techo de hongo en su granja y se quedó dormido. Empezó a soñar que los hongos de su jardín rompían todos los records de calidad, tamaño y sabor, todos sus vecinos comenzaban a admirarlo y se hacía una gran fiesta en su honor. En el momento que abrió los ojos, se vio a sí mismo sobre su techo con su ropa rota y sus zapatos descocidos y se dio cuenta que todo había sido un sueño, mientras volteaba al cielo, deseaba que su sueño se hiciera realidad y una luz pasó volando. Decidió bajar a su cama, dentro de su casa y se despidió de las estrellas antes de dormir.

Siguió soñando cosas maravillosas hasta que fue despertado por el golpear de su puerta. Con cansancio se dirigió a la entrada de su casa y se encontró con Tireste, que estaba agitado y lo interrogaba sobre cosas que Gutri no entendía—¿Pero cómo has logrado que crezcan tanto en tan poco tiempo?—Le preguntaba—Esos hongos eran más pequeños que mi cabeza la última vez que los vi—. Gutri, confundido, se asomó por la ventana y vio su jardín con hongos de colores radiantes que brotaban abundantes en el suelo como pequeñas montañas coloridas. Gutri aún no estaba del todo despierto y pensó de inmediato que seguía soñando, que todo era parte de su fantasía, así que no les prestó importancia y sólo le dijo a Tireste—El secreto es no cuidarlas, dejarlas que crezcan libres y que se fortalezcan por sí mismas. Las mejores setas son aquellas que lograr abrir su camino en la tierra, no aquellas a las que se le facilita todo—. Tireste se fue impresionado por la sabiduría de su vecino y hubiera seguido el consejo de Gutri de no ser que él era una persona tradicional, de hábitos fijos y no cambiaría su forma de cosechar a no ser que su viejo método deje de darle resultado. Gutri volvió a la cama, pero antes de dormir pensó —¿Si esto es un sueño, por qué me voy a dormir?—. Se levantó de la cama y se dirigió a su jardín, estaba justo como lo había visto, como una cordillera de pequeñas montañas de colores resplandecientes que obligaban a quien lo veía a abrir la boca impresionado. Salió y al tantear los hongos vio que eran reales, su sabor era único y eran casi tan grandes como él, estaba muy contento pero su felicidad se fue pronto y se cambió por la duda —¿Cómo pasó esto? Es imposible que por sí solos hayan crecido así, nunca he cuidado del todo mi cosecha y jamás habían llegado a este tamaño y sabor. Parece ser un misterio más grande que las estrellas— Pensó por un poco de tiempo y de repente cobró sentido —Antes de dormir, había deseado que mi jardín fuera así de grande y delicioso y ese deseo lo pedí cuando la estrella fugaz estaba pasando… ¡Las estrellas fugaces deben cumplir los deseos de la gente! —.

Como un rayo, subió a su casa de hongo en búsqueda de estrellas fugaces. Con tan solo girar su cabeza un par de veces, un destello de luz cruzó el cielo y formó una línea típica de una estrella fugaz, en ese instante deseó que su calzado estuviera reparado, pero no pasó nada. Otra estrella fugaz pasó cerca del horizonte y Gutri pidió el deseo de que su ropa fuera la más vistosa de todos sus vecinos y tampoco pasó nada. Frustrado Gutri siguió intentando hasta quedarse dormido del cansancio. Cuando despertó su ánimo estaba bajo, había intentado probar que las estrellas fugaces cumplían deseos hasta el cansancio y había fracasado. Pero en el cielo pudo ver un grupo de estrellas que tenían diferentes colores y tamaños. De alguna forma destellaban colores rítmicamente. Jamás había visto algo así, pero el misterio reavivó su deseo de investigar. Decidió intentarlo una vez más pero de otra forma. Ahora miró fijamente una estrella que brillaba a lo lejos, se concentró con todas sus fuerzas y pidió, otra vez, el deseo de que su calzado se reparara. La sorpresa lo dejó boquiabierto cuando, frente a sus ojos, pudo ver como la estrella que miraba fijamente se movió hasta convertirse en una estrella fugaz y desaparecer sobre la casa de Gutri. Cuando ya no la vio más en el cielo, volteó hacia sus pies y su calzado estaba como nuevo. En ese momento entendió por qué estaban las estrellas, qué eran las estrellas fugaces y qué papel cumplían en el Universo.

Los apuntes en su libreta, después de esta observación, decían lo siguiente:
—“ Las estrellas son deseos potenciales, nos observan atentas a lo lejos y esperan a que alguien necesite de ellas para poder convertirse en un deseo y volar hacia quien lo haya pedido. Si alguien desea algo a una estrella, esta volará hacia esa persona y su deseo se hará realidad…”—


Gutri estaba consciente del tamaño de su descubrimiento — Si le cuento esto a la gente del pueblo, los deseos de todos se harían realidad y todos podrían cumplir sus sueños y solucionar sus problemas— Pensó. Salió de su casa corriendo, era cómodo el poder correr con sus zapatos arreglados y eso lo alegró todavía más. Al llegar a la granja de Tireste lo despertó golpeando su puerta hasta que Tireste la abrió somnoliento, junto con su esposa, y salieron a ver qué quería Gutri. —¡He descubierto algo fantástico!— gritaba acelerado—. Las estrellas cumplen deseos y lo he comprobado. Hoy le pedí a una estrella que se arreglara mi calzado y mira — Gutri señaló sus zapatos y Tireste y Garaga pusieron cara de asombro.
—Pero amigo Gutri— Le decía Tireste, extrañado— Tu calzado está en mal estado, deberías de repararlo en vez desear que alguien más lo haga por ti—. Su esposa asintió con la cabeza y Gutri se puso pálido al voltear abajo y ver que sus zapatos estaban tan rotos como si nunca hubieran sido arreglados.
—¡Es imposible!—Exclamó Gutri sorprendido— Vine corriendo hacia acá desde mi casa, después de que descubrí este fantástico fenómeno y mi calzado era tan cómodo que casi volaba por la calle—. Todos se rascaban la cabeza, Gutri por no saber explicar cómo es que sus zapatos habían vuelto a su estado deplorable anterior y Tireste y Garaga por lo extraño de la visita de Gutri. —¡Ah, pero no fue el único deseo que pedí y se volvió realidad!— se acordó de su huerto de hongos, los había probado, saboreado y el mismo Tireste los había visto— Deseé que mi huerto sea el más grande y fantástico de todo el vecindario y creo que es el más fantástico que jamás se haya visto o cantado—.
—Eso último si te lo creo— dijo Tireste— Jamás había visto un huerto tan bello y menos hubiera esperado de fuera el tuyo, sin ofender, no es que piense que seas un mal granjero, sólo que te ocupas tanto en tu ciencia que sueles descuidar tus Mimbes. Pero, si mal no recuerdo, me habías dicho que tus mimbes habían crecido así de grandes porque tienen mucha voluntad y fuerza de salir de la tierra ¿Qué hay de eso que dijiste antes?— Gutri estaba apenado, no podía decirle que le había inventado aquello de la fuerza de sus hongos precisamente para no confesarle lo de los deseos, porque pensó que era un sueño y ahora si lo contaba, pensarían que estaba inventando lo de los deseos también.
—Yo quiero ver ese huerto, si es tan maravilloso como dicen— Interrumpió Garaga.
—No tenemos que caminar hasta mi casa, sólo hay que pedirle el deseo a una estrella— Gutri miró fijamente una estrella y Tireste le preguntó: —¿Qué deseo vas a pedir?—A lo que Gutri le respondió, sin dejar de ver la estrella, como diciéndole a ella— ¡Quiero que aparezcamos en la puerta de mi casa!— Cuando Gutri miró a su alrededor, pudo ver a la señora Garaga y Tireste en la puerta de su casa mirándolo confundido. Nada había pasado y la estrella seguía ahí. —Ciertamente—pensó — Algo extraño está pasando aquí. Tal vez sólo puede cumplirle dos deseos a cada persona. Tireste, quiero que intentes pedirle algún deseo—.
Tireste no emitía palabra alguna, intercambiaba miradas de confusión con su esposa Garaga mientras trataban de entender lo que Gutri decía —¿Qué tipo de deseo? ¿A la estrella, dices?
—Mira una estrella como esa— Tireste la miró y luego volteó a ver a Gutri— No, no me mires a mí, mira la estrella y no dejes de verla— Tireste volvió a ver la estrella, ahora fijamente— Ahora pide un deseo.
Tireste dudó un poco antes de hablar, no estaba seguro si iba a necesitar algo para su propio jardín, pero al pensarlo bien, realmente nada le faltaba. Decidió irse por algo simple— Deseo tener una piedra rara en mi bolsillo—. Pero nuevamente nada pasó. Gutri estaba estupefacto, Garaga se veía decepcionada, comenzaba a dudar del maravilloso jardín de Gutri y Tireste pensaba que Gutri tenía alguna enfermedad o algo le pasaba —Tal vez estaba tan contento con su nuevo jardín que perdió la cabeza de alegría— pensaba, mientras se rascaba la cabeza— Lo mejor es que descanses Gutri, tal vez hoy no descubriste nada o quizá estás tras la pista, pero algo te falta, no te rindas—.
—O quizá deberías descansar de ver las estrellas por un tiempo, deberías cosechar tu hermoso jardín. Guárdame uno de tus mejores mimbes, tal vez podamos hacer un festejo en el bar después de la cosecha— Dijo Garaga tratando de animar a Gutri que se veía devastado.
—¡Seguiré investigando! Les digo que estoy tras algo grande, ya lo verán—. Dio la media vuelta y regresó caminando a su casa con sus zapatos rotos.

Al llegar, Gutri se encontró con que sus mimbes habían regresado al lamentable estado anterior, como si nada hubiera pasado. Esto lo confundió todavía más y le hizo pensar que todo el tiempo había estado soñando—Tal vez Tireste y Garaga tengan razón, debería descansar más y dedicarme a mi jardín. Subió lentamente al techo de su casa de hongo, con la cabeza baja y, ya arriba, puso la pipa en su boca, aunque estaba apagada. Se acostó sobre el techo y trató de reflexionar qué había salido mal —Mis zapatos estuvieron arreglados cuando llegué a casa de Tireste, recuerdo lo cómodos que eran para correr. Pero de camino, la diferencia fue enorme, me costaba caminar con mis pies llenándose de lodo y pequeñas piedras metiéndose entre la suela y mi pie— una estrella fugaz pasó frente a él, pero no le prestó atención, estaba enfocado en sus pensamientos— Algo debía haber sucedido entre que llegué a casa de Tireste y este abrió la puerta— A cada rato jalaba aire a través de su pipa y el viento fresco con sabor a hongo quemado le hacía recordar que estaba apagada y se frustraba un poco más. No bajaría hasta no resolver el enigma.

Se quedó viendo las estrellas, tratando de entenderlas nuevamente, casi descartando por completo sus observaciones anteriores, dudando ahora de sus apuntes. Volvió a jalar aire de su pipa, mientras miraba al cielo, deseando que estuviera prendida. Justo en ese momento, otra estrella fugaz pasó frente a él y cuando el humo del hongo entró en sus pulmones miró su pipa asombrado; Una incandescencia roja iluminaba un humo gris que se alejaba volando. Su deseo se había vuelto realidad y esto aumentaba más su confusión.

Su pipa ya estaba vacía después de mucho reflexionar y comenzaba a darle hambre. Antes de bajar decidió intentando una última vez. Miró una estrella y deseó tener un pan de hongo en su bolsa. La estrella se convirtió en una estrella fugaz y en seguida sintió como su bolsillo se inflaba. Adentro encontró un pedazo de pan de hongo y su aroma y sabor eran inigualables. Lo devoró entusiasmado y siguió observando las estrellas. Deseó que su pipa se llenara de mimbes secos y después de ver otra estrella fugaz, volvió a desear que su pipa estuviera prendida y así, otra estrella fugaz volvió a rasar el cielo hacia él. Su pipa estaba llena y prendida y había entendido una regla más de las estrellas. Emocionado bajó a su jardín, miró las estrellas nuevamente y deseó que su jardín fuera el mejor de todo su vecindario, tal como lo había hecho antes. Una estrella fugaz pasó volando sobre su cabeza y sus mimbes crecieron hasta alcanzar casi dos Smismar de altura y un color brillante como una lámpara. Iba a correr por su libreta de apuntes, pero sólo miró al cielo y deseó tenerla en la mano. Otro deseo suyo se había cumplido.

Los nuevos apuntes en su libreta decían lo siguiente:
“Si pides un deseo y miras una estrella, esta se convertirá en una estrella fugaz y tu deseo se hará realidad. Pero tu deseo se anula si le cuentas a alguien más sobre tu deseo, tampoco se cumplirá si otro escucha tu deseo antes o al momento de pedirlo. Me parece, que cualquier deseo que puedas imaginar se hará posible, una nueva era para el pueblo ha comenzado”.


Deseó a una estrella estar en casa de Tireste nuevamente y al instante apareció frente a la puerta. Luego de golpear la puerta, Tireste salió adormilado— ¡Es Gutri otra vez!— Le gritó a Gáraga desde el portón hasta la habitación — ¿Qué pasa ahora, vecino?—.

Gutri miró una estrella fijamente, esta se transformó en una estrella fugaz y un deseo más se había cumplido. Gutri apuntó a sus zapatos y esta vez Tireste si estaba impresionado. Su calzado estaba como nuevo. — Tireste, pide otro deseo mirando esa estrella, pero esta vez no me digas cuál es, sólo piénsalo— Al instante, una estrella fugaz cruzó volando sobre ellos y Tireste pudo sentir en la bolsa de su saco un objeto pesado como una canica, al poner su mano dentro de la bolsa pudo palpar un objeto duro, frío con la forma de una estrella. La piedra rara amarillenta fue nombrada “La que vino del cielo”.

Después de este descubrimiento, la noticia corrió rápido. Gáraga, que ahora tenía una voz impactante y su melodía conquistaba los corazones de quienes la escucharan, cantaba himnos gloriosos sobre cómo había cambiado la vida en el pueblo desde ese entonces. La taberna nunca había estado tan llena y las cosechas brotaban y brotaban del suelo, rompiendo records una y otra vez. La abundancia se volvió cotidiana y todos disfrutaban de las mismas comodidades. Si alguien quería algo, sólo tenía que desearlo a una estrella y esto se volvía realidad. Casi todos festejaban y aún cuando ya no era necesario, los mineros gustaban de excavar sin cansarse, con herramientas que nunca se rompían y encontrando las piedras de mayor valor del cometa. Muchos otros desearon banquetes, ropas alocadas, camas de dientes de león o hasta encontrar el amor.

Pero el cometa seguía su curso por la galaxia y Gutri seguía observando a sus queridas estrellas. Sin embargo, el cielo era muy diferente a como era antes de su descubrimiento. Todo el tiempo, las estrellas más brillantes se convertían en estrellas fugaces y caían al cielo, era una verdadera lluvia de estrellas constante. Todos pedían deseos y las estrellas caían y caían. A Gutri le preocupaba que la gente abusara de los deseos — ¿Cuántas deseos más puede pedir la gente? — A Gutri nada le faltaba y aunque muchos de los festejos que se hacían en el pueblo era en honor a sus descubrimiento, él nunca bajaba al pueblo para bailar y cantar con los demás, pues si tenía hambre sólo deseaba un poco de pan de hongo fresco y un bocado aparecería frente a él, si quería su pipa con sólo pensarlo la tendría. Pero era cada vez más difícil pedir un deseo. Había tantas estrellas fugaces que el cielo se iluminaba y no dejaba ver otras estrellas. Gutri, que era un observador profesional, empezó a notar que el cielo era cada vez más oscuro y que las grandes estrellas brillantes habían desaparecido y sólo quedaban las menos luminosas, que eran las más distantes —¿Se estarán acabando los deseos?— Se preguntaba, sin una respuesta clara. Tanto había admirado el cielo que su experiencia era vasta, sabía que las estrellas eran incontables. Había intentado calcular cuántas jornadas de trabajo le tomaría contar todas las estrellas, pero los números eran más de lo que podía escribir con su carbón y corteza de hongo. Pero la gente del pueblo estaba llena de deseos, querían tantas cosas y no había forma de juzgarlos, es el sueño de cualquiera, que los deseos se vuelvan realidad con sólo pedirlos— ¿Qué tanto necesita alguien para ser feliz?— su cabeza estaba llena de dudas, más que de costumbre.

Gutri pensó que sería buena idea bajar al pueblo para ver cómo habían mejorado las cosas. Caminó sólo unos pasos hasta encontrarse con los hongos más grandes que haya visto, Más que los de su jardín, eran de su vecino Tireste. Al seguir caminando pudo entender porqué habían alcanzado ese tamaño, ya que todos los mimbes de las granjas cercanas habían deseado tener los hongos más grandes del vecindario, tal como el primer deseo de Gutri, así que gradualmente los hongos se iban superando a sí mismos en tamaño y calidad. Ahora simplemente eran de adorno ya que si deseaban comer, un plato delicioso podría aparecer frente a ellos en cualquier momento. Igual las casas habían cambiado. Algunos hongos viejos y secos estaban arreglados y adornos colgaban del techo de la casa de hongo, parecían todos piedras raras y minerales brillantes. Ya nadie excavaba pues las piedras preciosas habían perdido todo valor. Habían tantas que se les encontraba tiradas en la calle y nadie las recogía, preferían saltaras o quitarlas del camino. Otras casas de hongos estaban tapizadas de estas piedras preciosas, ahora muy comunes, de todos los colores. También los jardines de todos habían mejorado. Cada casa tenía hongos decorativos más exóticos que los anteriores, unos tan grandes como las casas, otros tan brillantes como las estrellas fugaces y cada jardín era un espectáculo de luces y colores que armoniosamente tintineaban como una dulce melodía. Gutri no paraba de sonreír. No había leyenda más grande que la de Gutri y cómo descubrió los deseos de las estrellas. Por supuesto que nadie sabía cómo los había descubierto, pero esto engrandecía su leyenda.

Bajando por el pueblo, la gente pensaba que Gutri no era de ese cometa. Que era una especie separada a ellos y había venido del cielo para transmitirles el conocimiento de las estrellas. Aún después de su descubrimiento, había gente pequeñita que sólo una o dos veces lo había visto y la verdadera historia detrás de su leyenda era un misterio que se resolvía con imaginación. Claro que sus vecinos y los ancianos del pueblo habían conocido a los padres de Gutri, granjeros, cultivadores de mimbes, como todos los demás, pero Gutri siempre fue solitario, desde su niñez, pero él era feliz viviendo con su mirada en las estrellas y sumido en sus pensamientos.

Conforme se adentraba al centro del pueblo, el camino se oscurecía y sólo el brillo de los letreros luminosos de los herreros resplandecían en la oscuridad. Al igual que las casas, los letreros tenían piedras preciosas de todos los colores y minerales fosforescentes. Adelante, unas antorchas proveían una visión sombría de la calle, parecía estar sumergida en un embrujo, con el cielo ennegrecido, las montañas elevándose alto en frente como fortalezas y hasta el fondo una luz amarilla brillante, parecía una estrella caída, pero era el centro del pueblo, donde todos festejaban y las antorchas flotaban sobre sus cabezas, mientras ellos bailaban y comían mimbes de la mejor calidad y hongos de otros tipos. Cada comida era mejor que la anterior y las bebidas exóticas llenaban instantáneamente los tarros que se derramaban por el constante meneo de los bailes y cantos. La gente que no estaba bebiendo, cantaba y aquellos que no cantaban ni bebían, comían. Algunos bailaban, comían y bebían a la vez, pero la felicidad era plena. Todos estaban ahí, Tireste y Garaga hacían girar piedras preciosas las cuales brillaban con la luz de las antorchas haciendo formas de colores conforme volaban por encima de ellos, mientras que Tumblar levantaba unas pesas hechas de hierro sólido como si fueran guijarros de piedra.

El primero en advertir a Gutri fue Blot, un herrero de calidad pobre que frecuentaba la granja de Gutri en búsqueda de mimbes baratos. Parecía embrujado por un dulce hechizo y su felicidad no tenía límites. Lo saludó a lo lejos y con sus brazos lo invitaba a unirse a la fiesta. Gutri se acercó sin prisa alguna, veía a todos desde la distancia, no había nadie cansado o aburrido y todos estaban reunidos. Ningún minero estaba herido y bailaban mineros, herreros y granjeros por igual. Al avanzar al centro del pueblo, se preguntaba si esa felicidad duraría para siempre, el cielo estaba todo oculto ahora por las montañas y sólo mirando hacia atrás se obtenía una vista lejana de un puñado de estrellas tintineantes.

Al poner un pie en el centro del pueblo, el ruido lo ensordeció. Los cantos que a lo lejos se escuchaban como una melodía armoniosa, se volvían estridentes y escandalosos gritos que se acrecentaban por las cavernas del fondo que los devolvían como ecos una y otra vez. La luz era tan intensa que todas esas antorchas iluminaban el suelo de un naranja fluorescente. Los ojos de Gutri, acostumbrados a la oscuridad del cielo nocturno, no podía soportar el intenso resplandor de tanto fuego, le recordaba a los hornos de los herreros mientras forjaban el hierro, el calor lo abochornó al instante. Sentía el aire pesado y tenía sed. Sin decir una palabra, Gutri dio la media vuelta y, a pesar de que algunos le llamaban, se perdió en la oscuridad de la calle como una estrella fugaz en el cielo nocturno.

Pero ahora la oscuridad era perpetua, al voltear hacia arriba pudo notar horrorizado que el cielo era completamente negro. Se había convertido en un mar de oscuridad. Por más que miraba no podía ver una sola estrella. Corrió hacia el techo de su casa de hongo, sin pedir ningún deseo y a lo lejos pudo observar una estrella solitaria, débil, como si su vida estuviera a punto de acabar. Gutri miraba la estrella pasmado, pensaba que algo terrible iba a pasar si las estrellas se acababan, no había forma de que algo tan importante desapareciera sin afectar a su pueblo. Sintió una gran necesidad de regresar y advertir al pueblo de la grave situación en la que se encontraban, pero al momento la última estrella en el cielo salió volando, como una estrella fugaz, dejando al cielo en penumbra.

Las antorchas del pueblo se apagaron y gritos de horror inundaron el valle. La gente pequeñita que usaba ropa obtenida por un deseo, ahora se encontraba desnuda y los que habían engordado por tanta comida habían enflacado. Las piedras preciosas se esfumaron y los minerales raros regresaron a la tierra. Las granjas volvieron a ser modestas y todos los adornos, trofeos, joyas, herramientas y utensilios pedidos por deseos habían desaparecido.

Después del susto inicial, la gente pequeñita entendió lo que estaba pasando, Gutri no tuvo que decirles puesto que al pedir más deseos ya ninguno se cumplía, pues ya no quedaban estrellas en el cielo. Todos sonrieron entre sí, ahora que sabían que pasaba no se preocupaban y estaban felices por la diversión de esa noche. Sin decir nada, empezaron a recoger todo y a limpiar, con sus manos y sus escobas de tronco de hongo. A picar la montaña y extraer minerales con sus instrumentos de metal, a forjar el hierro y el bronce, cultivar mimbes, bajar hielo con la catapulta y, si su valor se lo permitía, atrapar de vez en vez un diente de León.

Pasó un tiempo hasta que volvieron las estrellas. Hubo un festejo a la primera estrella que volvió a verse y luego otro para la segunda. Les fue imposible seguir festejando cuando empezaron a salir por cientos pero ya nadie pedía deseos. Habían acordado entre todos no pedir ningún deseo a menos que sea una emergencia para el pueblo.

A Gutri no se le volvió a ver, pero los nuevos cantos en la taberna, decían que Gutri vivió sus últimos años del otro lado del cometa, donde nadie puede ir. También se cuenta que se trepó a un diente de león, pero por su talla ligera, el viento lo elevó hasta sacarlo del cometa y volar libremente por el espacio. Pero la historia que más se cuenta y la que más creía la gente, era que después de las estrellas volvieron, él pidió el deseo de volar hacia las estrellas o de convertirse en una estrella. Esto lo creía mucha gente pequeñita en ese cometa, pues nadie podía pedir deseos, pero algunos cuentan haber visto una última estrella fugaz, caer sobre la casa de Gutri y, después de eso, nadie volvió a verlo, excepto Tumblar que juraba haber visto a alguien sobre el techo de la casa de hongo de Gutri, fumando su pipa. Igual Blot afirmaba haber seguido comprando en la tienda de Gutri tiempo después. Pero su casa estaba abandonada y su huerto totalmente seco.

Hasta aquí termina la historia de Gutri, pero muchas historias se contaron por la gente pequeñita que habitaba ese cometa en una galaxia muy lejana. Historias sobre Tumblar, Karr, Rodac y otros personajes que sólo se vuelven leyenda a través de los cantos y los himnos, leyendas que habían alcanzado la inmortalidad por hacer lo que nadie más pudo.

martes, 26 de enero de 2010

El mágico mundo de PouKii

El mundo de los sueños está lleno de fantasías que superan nuestra imaginación, donde la magia existe y la realidad se torna extraña pero embellecida, donde los duendecillos viven en bosques mágicos y los dragones en las cuevas, un lugar lleno de poderes misteriosos y reliquias milagrosas.

El mágico mundo de PouKii es una ventana a un lugar donde los sueños se hacen realidad. Entra al mágico mundo de PouKii y descubre sus maravillas, cruza el portal y cierra la puerta. Abrirás tus ojos a un nuevo mundo, del cual no podrás salir jamás.