La doncella divina.
Érase una vez un reino próspero, que alcanzó su auge al cimentarse sobre el don de la belleza. Adoraban lo hermoso y era su sueño, ambición y deseo de todos los días, su menester era el amor por lo bello y lo agradable, al grado que todo estaba construido en base a la estética. Cada casa, columna, piso o pared estaba recubierta de adornos, esculturas y pinturas que mostraban a los dioses en su gloria divina y por todo el reino se sentían el olor de flores y plantas aromáticas que usaban para perfumar sus ropas y sus alimentos.
Los soldados utilizaban espadas y armaduras ornamentadas con grabados sobre batallas de sus antepasados y dominaban el arte de la guerra, la equitación, el tiro con arco y con ballesta y todo el lugar estaba rodeado de una muralla magnificente de piedra, pues en los territorios más allá vivían grupos de bárbaros y pueblos salvajes, además de peligros más antiguos que las personas, perdidos en las montañas, y otras bestias y criaturas que se escondían de la luz en los bosques negros.
En el reino abundaba el placer y la gente vivía feliz rodeada de lujos que ellos mismos construían en honor al don de la belleza que los dioses les habían concedido. Excepto por Tideo, quien todos los días lamentaba ser la persona más desafortunada del reino, pues no poseía el don de la belleza como todos los demás, al contrario, había nacido maldito con la fealdad.
Tideo no poseía ningún talento, era feo y vivía solo y triste en una esquina oscura de la muralla. La gente del reino sentía repudio, desprecio y vergüenza hacia él. Su sola presencia era motivo de burlas y agresiones, creían que era un monstruo o algo maligno y le atribuían muchos de los males que tenían lugar en el reino. Cansado de sufrir la injusticia de haber nacido con la maldición de la fealdad, un día decidió acabar con su vida y poner fin a su sufrimiento.
La muralla era de la misma altura por todos sus lados, pero en el costado oriental se encontraba un acantilado en cuyo fondo había rocas afiladas y esqueletos de desafortunados que habían caído de ese lado. Era una muerte segura y Tideo se encontraba al borde. Antes de saltar, miró al cielo y blasfemó como venganza a los dioses injustos que lo habían maldecido con la fealdad. Pero al voltear su vista hacia abajo, un brillo dorado llamó su atención y, a partir de ese día, su vida cambiaría para siempre.
Después de bajar la muralla y aventurarse fuera de la ciudad a donde el brillo dorado había llamado su atención, notó que se trataba de un extraño pincel dorado, con hebras de pelo de algún animal fino. Al voltear a su alrededor, no pudo ver rastros de pisadas o una carroza que hubiera pasado por ahí y el pincel estaba seco y limpio, como si hubiese aparecido ahí de repente, como un regalo de los dioses en recompensa por sus años de sufrimiento u otra cosa.
Tal como había pensado, no se trataba de un pincel ordinario, pues aunque nunca había pintado antes, al momento de usarlo se volvía un maestro con la pintura y el lienzo. Más que maestro, había algo en sus obras que destacaba y las hacía brillar, darle vida a cada cuadro y poseían una hermosura nunca antes vista, tanta que sus pinturas poseían más belleza que los objetos que pintaba.
Pasó de ser el más pobre y miserable habitante, casi sin escalas, a la corte real. Era el maestro del círculo de pintores, arquitectos y artistas y nadie poseía tanto talento como él, con su pincel dorado. Las doncellas pagaban una fortuna para poder ser retratadas por Tideo, el maestro pintor. Todo el mundo quería ser retratado por el buen maestro pintor, incluso aquellos que antes lo llamaban monstruo, ahora nadie se fijaba en su cara, pues sus pinturas eran tan deslumbrantes que nadie podía apartar su mirada de ellas.
Acumuló riquezas como ningún otro artista del reino. Su mansión estaba llena de lujos y tenía sirvientes que cumplían todos sus caprichos y tenía que construir cada vez más y más habitaciones y bóvedas para guardar los tesoros, joyas y montones de monedas de oro, pues con cada pintura, Tideo se superaba a sí mismo y cada obra era más majestuosa y valiosa que la anterior. Así llegó a ser el habitante más admirado del pueblo, pues su obra era prueba de la existencia misma de los dioses y la divinidad en ellos.
Un día, Tideo pintaba desde la ventana de su mansión cuando notó una figura blanca que saltó la reja, fue directo hacia el portón de la entrada, a través del jardín, que desde esa ventana no era posible vislumbrar, para luego salir de otro salto y perderse en la oscuridad del bosque negro tan rápido como entró. Extrañado, bajó hasta la puerta para buscar rastros de esa criatura o demonio y lo único que encontró fue un sobre con su nombre escrito y una carta adentro que decía:
“Dicen que usted es un maestro pintor, que puede tomar cualquier persona o cosa sin importar su fealdad y volverla hermosa en sus cuadros. Yo he nacido con la maldición de la fealdad y deseo que me cure con su talento pero no tengo bienes que ofrecerle pues mi casa en el bosque negro es la única posesión que puedo darle a cambio de su trabajo aparte de mi humilde servidumbre y favor, espero entienda que la situación es desesperada en la que me encuentro.” Firmada por Eclena.
Tideo, conmovido con la carta, recordaba el tiempo en que fue feo y era repudiado por todos en el reino. No le importaba el dinero pues tenía tanto como para diez vidas y lo haría, demostrándoles a los dioses su gratitud por el talento que se le habían otorgado. Así que, esa misma noche, subió sus pinturas, clavos, maderas, lienzo y, por supuesto, su pincel dorado a un caballo gris y emprendió su marcha hacia el camino oscuro con una lámpara de aceite en un bastón como guía.
No sabía cómo encontraría a Eclena, pero tenía la sospecha de que no tardaría en toparse con ella. Al adentrarse en la espesura del bosque, la noche parecía más intensa y escuchaba gritos y chillidos de aves, insectos y otros seres a los lados del camino. Entre ellos, los gruñidos de alguna especie de fiera que se ocultaba en los matorrales que lo seguía. Pronto, el gruño se convirtió en dos y en tres y al poco tiempo, gruñidos de bestias de la noche parecían rodear a Tideo.
Repentinamente, Un poderoso aullido estremeció la noche y silenció la orquesta de sonidos en los alrededores. Cuando regresaron las eufonías, ya sólo se escuchaban los grillos y pájaros nocturnos a lo lejos, ninguna amenaza cercana, ningún gruñido y tampoco aullidos, sólo una lechuza que observaba desde una rama con sus grandes ojos verdes y sus plumas como la luna, que se ocultaba entre las copas de los árboles. Entonces Tideo, el maestro pintor, siguió internándose en la espesura.
La luz de la luna y las estrellas apenas se colaba por el techo entretejido de ramas y hojas que formaban los árboles, sus ramas puntiagudas parecían garras en la noche y el instinto del caballo le advertía el peligro que se avecinaba. Augurando un mal inminente, el caballo deseaba regresarse a la ciudad o cualquier lugar lejos de ese bosque oscuro, pero Tideo lo calmaba con palabras alentadoras y palmadas, trataba de mostrarse calmado para no atraer a las criaturas de la noche con el olor de su miedo.
El piso lodoso se espesaba en lo profundo del bosque oscuro, el sendero había desaparecido en un mar de árboles tiempo atrás y Tideo aún no encontraba a Eclena. Perdía las esperanzas, pues parecía que había caminado toda la noche, pero la oscuridad era casi perpetua, sólo unos pocos rayos de luz se colaban por el techo de ramas y hojas, como si la luna continuara despierta y el sol no saliera jamás. El cansancio lo obligaba a preguntarse sobre su misión, replantearse la idea y volver a los lujos de su mansión. Sentado al borde de un sauce, mirando a su caballo tomando pequeñas siestas, pero despertando de vez en cuando, vigilante.
El tiempo siguió su marcha y no amanecía en el bosque oscuro, el cielo estaba igual de tupido por los árboles, pero ahora el viento enfriaba y Tideo se cubría con la ropa que tenía. El cansancio y el frío lo golpeaban como las olas chocan contra la proa de un barco y con cada arremetida se agotaba más y más, esperando su inevitable fin, entre la nieve que parecía salir de la oscuridad.
Cuando Tideo abrió los ojos, el calor lo sobrecogió. Olía una hoguera de leña con alguna sopa cocinándose al fuego y la esencia del pino quemándose. Empezó a escuchar el burbujeo de una olla y, conforme sus ojos despertaban, notó un techo de paja y sus manos rozaron una cobija de piel de oso o de lobo que lo abrigaba. El chillido de una puerta al abrirse llamó su atención, pero sus ojos fallaron repentinamente, se volvieron a cerrar y su mente se sumergió en un sueño profundo.
Lo último que recordaba Tideo era ver una silueta entrar por la puerta de la habitación en la que estaba. Asumía que algún viajero perdido lo había encontrado en medio de la tormenta y lo llevó hasta su casa, algún admirador o conocedor de su firma o quizá sólo un hombre bondadoso. Pero al despertar del sueño profundo, la esencia de las flores llamó su atención, pues era invierno. Se trataba de una doncella, de vestir arabesco y sin peluca, con cabello negro y largo, pero seco y sucio, con algunas hojas atoradas que parecían haber estado ahí desde el otoño. Pero Tideo veía su rostro y era todo lo que le interesaba.
Alguien que conocía la fealdad y la belleza, como Tideo, que había sido feo tanto tiempo para después convertirse en el maestro de maestros de la belleza, podía reconocer esta virtud cuando la veía y en ese momento la tenía enfrente. La doncella de cabello seco deslumbraba de una forma que Tideo nunca lo había visto, era como ver un cuadro que él mismo hubiera pintado con el poder de su pincel divino, pero que se movía y estaba vivo, no sólo un cuadro plano e inmóvil, colgando de una pared.
La doncella se presentó como Eclena, pero Tideo seguía hipnotizado por la luz que ella emanaba, dijo haberlo encontrado en medio de la tormenta y lo había traído a su casa. Casi muere, pero pudo salvarlo a tiempo. Su caballo no había tenido tanta suerte, probablemente siga ahí de pié, como una estatua de hielo, y así estará hasta que llegue la primavera. Con medicina del bosque había logrado parar su fiebre y sus temblores, entre otros dolores y debilidades que le había dejado la tormenta.
Tideo le debía la vida a Eclena y no había algo que deseara más que inmortalizarla en uno de sus cuadros. Pero aún su pincel divino no honraba la poderosa belleza que de ella procedía. Esta vez tenía que hacerlo él, olvidar el pincel divino, hacer un cuadro que sea como ella es en realidad, pues no habría forma de que pudiera verse más hermosa que como ya era. Sin embargo, su habilidad dependía de su pincel mágico y le tomaría meses hacer una pintura con un pincel común y corriente. Pero nada de esto le importaba, pues estaba completamente perdido por la perfección de Eclena, así que guardó su pincel en un pequeño cofre de madera.
Decidido a pintarla con su mano y un pincel de pelo y madera. Tideo empezó con un lápiz, haciendo pequeños bosquejos, mientras Eclena posaba para él. Con cada dibujo que hacía, mejoraba un poco más en comparación al anterior. Y así siguió, todo el día y el día siguiente y el día que seguía y cuando se dio cuenta ya había pasado un mes completo y estaban en pleno invierno.
Eclena tenía fruta seca en sacos y animales congelados se enterraban en la nieve que se acumulaba a los costados de la cabaña. Con la leña, todo se podía comer y la nieve se podía beber, las noches eran pesadas, pero los dos juntos podían superar el frío pegando sus cuerpos para conservar el calor junto a la fogata, cubiertos de una piel, que en realidad era de oso. Mientras Tideo seguía dibujando a Eclena mientras ella posaba para él. Después del lápiz, pasó a la pintura.
Pasó otro mes antes de que Tideo tuviera lista la forma del cuerpo de Eclena, pero por más que lo veía, no quedaba del todo satisfecho y sin pensarlo un segundo cubrió todo de pintura negra para volver a empezar. Se frustraba de ver la belleza de Eclena frente a él y no poder plasmarla en el lienzo, era algo que ni los dioses le podían conceder, iba a requerir de toda la fuerza de su alma, pues sus ojos estaban ciegos por Eclena. Pero seguía pintando, movido por el amor que sentía.
Estaba atardeciendo cuando Tideo pintaba a Eclena en un lienzo, mientras ella posaba para él. Cuando se escuchó un golpeteo en la puerta, cuando Eclena abrió la puerta, un cuervo negro entró volando y se posó en su hombro, pegando el pico en su oído, y abriéndolo, como susurrando algo. Eclena se puso un saco grueso y tomó una vara de madera y salió por la puerta apresurada. Tideo corrió tras de ella, pero al abrir la puerta sólo vio nieve y un sol rojo, pero a lo lejos escuchaba el marchar unísono de un ejército que se acercaba. Tan perfecto era su andar que sólo podía provenir de su tierra natal, sólo el entrenamiento riguroso de los comandantes creaba un ejército tan magnificente que los pasos de cada soldado estaban sincronizados con los caballos.
Arrastrándose entre la nieve, llegó a un claro donde pudo ver a unos metros las ornamentadas armaduras y espadas del ejército real, frente a él. Pero entre él y el ejército, en un árbol una lechuza blanca pareció destellar y cuando el destello desapareció, pudo ver a Eclena, parada frente al ejército, sin intención de darse la vuelta. Todos los soldados se impresionaron, pero no dieron ni un paso atrás, por lo contrario, asumieron una posición de combate sacando sus espadas y sus lanzas y tensando sus arcos. Eclena entonces adoptó una postura extraña, levantando el báculo de madera que tenía con ella.
El ejército real disparó una lluvia de flechas directo hacia Eclena, pero el cielo se oscureció de repente y de la nada, una tormenta de nieve azotó el campo de batalla, derribando a algunos jinetes y desviando todas las flechas que se congelaron y cayeron al suelo inofensivamente. Esto duró un instante, pues el cielo se volvió a abrir con un tono rojizo y el ejército comenzó su marcha hacia adelante, levantando sus espadas y sus lanzas. Pero Eclena volvió a elevar su báculo y parecía que un brillo rojizo salía de la punta.
Tideo, asustado por la escena que veía, corrió hacia el campo de batalla y al postrarse entre Eclena y El Ejército Real, todos se detuvieron y miraron y lo miraron. Tideo trataba de entender lo que estaba pasando y miraba hacia atrás y hacia adelante buscando una explicación, cuando del ejército comenzaron a escucharse gritos que le advertían que Eclena era una bruja y lo había secuestrado, pero que ellos vinieron a rescatarlo, pero para romper el hechizo tendrían que cortarle la cabeza a la bruja.
Eclena nunca hablaba, pero Tideo que había vivido con ella los últimos meses, sabía que ella no era más que la doncella más bella que jamás había visto, no había dama más virtuosa y perfecta y, por supuesto, lucharía con su vida para defenderla. El ejército no se intimidó, pues su misión era clara, rescatar a Tideo y cortar la cabeza de Eclena. Sólo así tendrían de vuelta a su pintor, para que siga llenando de belleza el reino con su don, pero se detuvieron de vuelta y antes de que Tideo pudiera voltear, fue sujetado de los hombros por un águila, más grande que un hombre, y jalado por encima de las copas de los árboles hasta llegar a la cabaña de Eclena, donde fue depositado fuera en la nieve suave.
El águila entonces, voló de nuevo hacia el campo de batalla y Tideo empezó a escuchar a los lejos el rugido de una bestia que jamás había oído antes. Podía ver una luz que encendía de rojo la noche y al instante escuchaba gritos y el sonido de metales golpeando contra las rocas. Entonces se le ocurrió una idea, entró en la cabaña y buscó el cofre de madera donde había guardado su pincel mágico y cuando lo encontró, se arrastró otra vez en la nieve hasta el campo de batalla.
Al llegar la pelea seguía, sin embargo, pilas de soldados muertos se acumulaban alrededor de un dragón del tamaño de un árbol que luchaba furiosamente contra el ejército, escupiendo bolas de fuego de su hocico y relámpagos que salían de sus ojos. El dragón agitaba sus alas sujetándose del piso y el viento que generaba hacía volar a los soldados derribando varias filas. Con su cola golpeaba a cualquiera que se le pusiera atrás y arremetía el suelo. Los soldados apenas podían acercarse a dragón.
Tideo levantaba el pincel dorado con su mano para que todos pudieran verlo. Sin duda, el brillo mágico del pincel llamó la atención de todos y la batalla se detuvo al instante. El dragón arremetió contra los soldados que la rodeaban y el resto se echó para atrás, ya nadie volvió a atacar pues los ojos de todos estaban sobre ese brillo dorado. El pincel que los dioses le habían dado como muestra de su bondad, ahora era lanzado al aire hacia el fango con sangre, agua y nieve.
Los soldados veían el pincel y veían a Tideo. Pero su expresión ya no era la de antes, ahora Tideo tenía la apariencia de algún miserable ser, maldecido por la fealdad. Mas el pincel los llamaba, los tenía hipnotizados con visiones de fama, fortuna, oro, bellezas y placeres como nunca tendrían acceso. Así que, cuando el primero de los soldados dio un paso hacia el pincel, todos los demás echaron a correr tras él. Olvidando a Tideo y olvidando al dragón gigante. Todos fueron hacia el pincel y uno de ellos fue el afortunado en obtenerlo primero.
Al soldado que agarró el pincel dorado, nadie se lo intentó arrebatar, pues ahora que tenían el pincel, ya no necesitaban a Tideo ni pelear contra un dragón, su misión estaba cumplida. Por traer de vuelta la virtud y la belleza del pincel mágico a su reino, El Rey los recompensaría con tal abundancia y serían recibidos como héroes tan grandes que sus hijos y los hijos de sus hijos usarán armaduras labradas sobre ellos y la batalla contra El Dragón y las pinturas que se hagan con ese pincel colmarán de virtud y belleza las calles del Reino como nunca.
Con un paso relajado, los soldados se alejaron del campo de batalla, perdiéndose en el bosque y en la nieve hacia la ciudad, riendo y bromeando, bajando sus espadas y quitándose sus cascos. Algunos brincando de alegría y otros cargando a los pocos heridos que pudieron salvar. Mientras que en el campo de batalla, alrededor de soldados derrotados apilados unos sobre otros, se encontraba Eclena. Sus ojos brillaban como si tuvieran rayos adentro, exhalaba llamaradas y la expresión de su rostro era atemorizante.
Tideo corrió hacia Eclena, saltando los cadáveres de soldados, espadas, lanzas y escudos tirados en el suelo, además de flechas enterradas. Cuando llegó a ella, la abrazó y los ojos de Eclena volvieron a su color normal, la expresión de su rostro volvió a ser calmada y dejó de exhalar llamaradas. Sus brazos envolvieron a Tideo. Nadie que la haya visto antes convertida en Dragón ha querido volver a estar con ella, pero a Tideo no le importaba, sólo deseaba estar con ella.
Esa noche, en la cabaña, Eclena le explicó a Tideo que en realidad ella era una bruja, había nacido maldita con poderes excepcionales pero que sólo servían para la muerte y la destrucción. Fue desterrada de su pueblo y condenada a vivir en el bosque oscuro, aprendiendo a defenderse sola con la ayuda de sus poderes mágicos. Pero a Tideo no le importaba, ante sus ojos, era la doncella más hermosa del mundo y debía estar con ella para inmortalizar su belleza en un cuadro honraría su perfección eternamente.
Tideo al final terminó su pintura y la tituló “La Doncella Divina”, pero le tomó toda una vida junto a Eclena alcanzar la perfección que él deseaba y cuando terminó, él y ella estuvieron tan cansados, que su vida pasó frente a sus ojos en un instante y su historia fue la de una misma persona y en esta sólo había felicidad. La obra maestra de Tideo, la pintura de su amada Eclena, terminó en la galería de arte real y de todos los cuadros que ahí había, de todas las princesas, reinas y damas que se retrataron alguna vez con pincel mágico o sin él, la obra maestra de Tideo era la más bella de todas, pero nadie nunca supo de quién se trataba o quién la había pintado.
FIN
Érase una vez un reino próspero, que alcanzó su auge al cimentarse sobre el don de la belleza. Adoraban lo hermoso y era su sueño, ambición y deseo de todos los días, su menester era el amor por lo bello y lo agradable, al grado que todo estaba construido en base a la estética. Cada casa, columna, piso o pared estaba recubierta de adornos, esculturas y pinturas que mostraban a los dioses en su gloria divina y por todo el reino se sentían el olor de flores y plantas aromáticas que usaban para perfumar sus ropas y sus alimentos.
Los soldados utilizaban espadas y armaduras ornamentadas con grabados sobre batallas de sus antepasados y dominaban el arte de la guerra, la equitación, el tiro con arco y con ballesta y todo el lugar estaba rodeado de una muralla magnificente de piedra, pues en los territorios más allá vivían grupos de bárbaros y pueblos salvajes, además de peligros más antiguos que las personas, perdidos en las montañas, y otras bestias y criaturas que se escondían de la luz en los bosques negros.
En el reino abundaba el placer y la gente vivía feliz rodeada de lujos que ellos mismos construían en honor al don de la belleza que los dioses les habían concedido. Excepto por Tideo, quien todos los días lamentaba ser la persona más desafortunada del reino, pues no poseía el don de la belleza como todos los demás, al contrario, había nacido maldito con la fealdad.
Tideo no poseía ningún talento, era feo y vivía solo y triste en una esquina oscura de la muralla. La gente del reino sentía repudio, desprecio y vergüenza hacia él. Su sola presencia era motivo de burlas y agresiones, creían que era un monstruo o algo maligno y le atribuían muchos de los males que tenían lugar en el reino. Cansado de sufrir la injusticia de haber nacido con la maldición de la fealdad, un día decidió acabar con su vida y poner fin a su sufrimiento.
La muralla era de la misma altura por todos sus lados, pero en el costado oriental se encontraba un acantilado en cuyo fondo había rocas afiladas y esqueletos de desafortunados que habían caído de ese lado. Era una muerte segura y Tideo se encontraba al borde. Antes de saltar, miró al cielo y blasfemó como venganza a los dioses injustos que lo habían maldecido con la fealdad. Pero al voltear su vista hacia abajo, un brillo dorado llamó su atención y, a partir de ese día, su vida cambiaría para siempre.
Después de bajar la muralla y aventurarse fuera de la ciudad a donde el brillo dorado había llamado su atención, notó que se trataba de un extraño pincel dorado, con hebras de pelo de algún animal fino. Al voltear a su alrededor, no pudo ver rastros de pisadas o una carroza que hubiera pasado por ahí y el pincel estaba seco y limpio, como si hubiese aparecido ahí de repente, como un regalo de los dioses en recompensa por sus años de sufrimiento u otra cosa.
Tal como había pensado, no se trataba de un pincel ordinario, pues aunque nunca había pintado antes, al momento de usarlo se volvía un maestro con la pintura y el lienzo. Más que maestro, había algo en sus obras que destacaba y las hacía brillar, darle vida a cada cuadro y poseían una hermosura nunca antes vista, tanta que sus pinturas poseían más belleza que los objetos que pintaba.
Pasó de ser el más pobre y miserable habitante, casi sin escalas, a la corte real. Era el maestro del círculo de pintores, arquitectos y artistas y nadie poseía tanto talento como él, con su pincel dorado. Las doncellas pagaban una fortuna para poder ser retratadas por Tideo, el maestro pintor. Todo el mundo quería ser retratado por el buen maestro pintor, incluso aquellos que antes lo llamaban monstruo, ahora nadie se fijaba en su cara, pues sus pinturas eran tan deslumbrantes que nadie podía apartar su mirada de ellas.
Acumuló riquezas como ningún otro artista del reino. Su mansión estaba llena de lujos y tenía sirvientes que cumplían todos sus caprichos y tenía que construir cada vez más y más habitaciones y bóvedas para guardar los tesoros, joyas y montones de monedas de oro, pues con cada pintura, Tideo se superaba a sí mismo y cada obra era más majestuosa y valiosa que la anterior. Así llegó a ser el habitante más admirado del pueblo, pues su obra era prueba de la existencia misma de los dioses y la divinidad en ellos.
Un día, Tideo pintaba desde la ventana de su mansión cuando notó una figura blanca que saltó la reja, fue directo hacia el portón de la entrada, a través del jardín, que desde esa ventana no era posible vislumbrar, para luego salir de otro salto y perderse en la oscuridad del bosque negro tan rápido como entró. Extrañado, bajó hasta la puerta para buscar rastros de esa criatura o demonio y lo único que encontró fue un sobre con su nombre escrito y una carta adentro que decía:
“Dicen que usted es un maestro pintor, que puede tomar cualquier persona o cosa sin importar su fealdad y volverla hermosa en sus cuadros. Yo he nacido con la maldición de la fealdad y deseo que me cure con su talento pero no tengo bienes que ofrecerle pues mi casa en el bosque negro es la única posesión que puedo darle a cambio de su trabajo aparte de mi humilde servidumbre y favor, espero entienda que la situación es desesperada en la que me encuentro.” Firmada por Eclena.
Tideo, conmovido con la carta, recordaba el tiempo en que fue feo y era repudiado por todos en el reino. No le importaba el dinero pues tenía tanto como para diez vidas y lo haría, demostrándoles a los dioses su gratitud por el talento que se le habían otorgado. Así que, esa misma noche, subió sus pinturas, clavos, maderas, lienzo y, por supuesto, su pincel dorado a un caballo gris y emprendió su marcha hacia el camino oscuro con una lámpara de aceite en un bastón como guía.
No sabía cómo encontraría a Eclena, pero tenía la sospecha de que no tardaría en toparse con ella. Al adentrarse en la espesura del bosque, la noche parecía más intensa y escuchaba gritos y chillidos de aves, insectos y otros seres a los lados del camino. Entre ellos, los gruñidos de alguna especie de fiera que se ocultaba en los matorrales que lo seguía. Pronto, el gruño se convirtió en dos y en tres y al poco tiempo, gruñidos de bestias de la noche parecían rodear a Tideo.
Repentinamente, Un poderoso aullido estremeció la noche y silenció la orquesta de sonidos en los alrededores. Cuando regresaron las eufonías, ya sólo se escuchaban los grillos y pájaros nocturnos a lo lejos, ninguna amenaza cercana, ningún gruñido y tampoco aullidos, sólo una lechuza que observaba desde una rama con sus grandes ojos verdes y sus plumas como la luna, que se ocultaba entre las copas de los árboles. Entonces Tideo, el maestro pintor, siguió internándose en la espesura.
La luz de la luna y las estrellas apenas se colaba por el techo entretejido de ramas y hojas que formaban los árboles, sus ramas puntiagudas parecían garras en la noche y el instinto del caballo le advertía el peligro que se avecinaba. Augurando un mal inminente, el caballo deseaba regresarse a la ciudad o cualquier lugar lejos de ese bosque oscuro, pero Tideo lo calmaba con palabras alentadoras y palmadas, trataba de mostrarse calmado para no atraer a las criaturas de la noche con el olor de su miedo.
El piso lodoso se espesaba en lo profundo del bosque oscuro, el sendero había desaparecido en un mar de árboles tiempo atrás y Tideo aún no encontraba a Eclena. Perdía las esperanzas, pues parecía que había caminado toda la noche, pero la oscuridad era casi perpetua, sólo unos pocos rayos de luz se colaban por el techo de ramas y hojas, como si la luna continuara despierta y el sol no saliera jamás. El cansancio lo obligaba a preguntarse sobre su misión, replantearse la idea y volver a los lujos de su mansión. Sentado al borde de un sauce, mirando a su caballo tomando pequeñas siestas, pero despertando de vez en cuando, vigilante.
El tiempo siguió su marcha y no amanecía en el bosque oscuro, el cielo estaba igual de tupido por los árboles, pero ahora el viento enfriaba y Tideo se cubría con la ropa que tenía. El cansancio y el frío lo golpeaban como las olas chocan contra la proa de un barco y con cada arremetida se agotaba más y más, esperando su inevitable fin, entre la nieve que parecía salir de la oscuridad.
Cuando Tideo abrió los ojos, el calor lo sobrecogió. Olía una hoguera de leña con alguna sopa cocinándose al fuego y la esencia del pino quemándose. Empezó a escuchar el burbujeo de una olla y, conforme sus ojos despertaban, notó un techo de paja y sus manos rozaron una cobija de piel de oso o de lobo que lo abrigaba. El chillido de una puerta al abrirse llamó su atención, pero sus ojos fallaron repentinamente, se volvieron a cerrar y su mente se sumergió en un sueño profundo.
Lo último que recordaba Tideo era ver una silueta entrar por la puerta de la habitación en la que estaba. Asumía que algún viajero perdido lo había encontrado en medio de la tormenta y lo llevó hasta su casa, algún admirador o conocedor de su firma o quizá sólo un hombre bondadoso. Pero al despertar del sueño profundo, la esencia de las flores llamó su atención, pues era invierno. Se trataba de una doncella, de vestir arabesco y sin peluca, con cabello negro y largo, pero seco y sucio, con algunas hojas atoradas que parecían haber estado ahí desde el otoño. Pero Tideo veía su rostro y era todo lo que le interesaba.
Alguien que conocía la fealdad y la belleza, como Tideo, que había sido feo tanto tiempo para después convertirse en el maestro de maestros de la belleza, podía reconocer esta virtud cuando la veía y en ese momento la tenía enfrente. La doncella de cabello seco deslumbraba de una forma que Tideo nunca lo había visto, era como ver un cuadro que él mismo hubiera pintado con el poder de su pincel divino, pero que se movía y estaba vivo, no sólo un cuadro plano e inmóvil, colgando de una pared.
La doncella se presentó como Eclena, pero Tideo seguía hipnotizado por la luz que ella emanaba, dijo haberlo encontrado en medio de la tormenta y lo había traído a su casa. Casi muere, pero pudo salvarlo a tiempo. Su caballo no había tenido tanta suerte, probablemente siga ahí de pié, como una estatua de hielo, y así estará hasta que llegue la primavera. Con medicina del bosque había logrado parar su fiebre y sus temblores, entre otros dolores y debilidades que le había dejado la tormenta.
Tideo le debía la vida a Eclena y no había algo que deseara más que inmortalizarla en uno de sus cuadros. Pero aún su pincel divino no honraba la poderosa belleza que de ella procedía. Esta vez tenía que hacerlo él, olvidar el pincel divino, hacer un cuadro que sea como ella es en realidad, pues no habría forma de que pudiera verse más hermosa que como ya era. Sin embargo, su habilidad dependía de su pincel mágico y le tomaría meses hacer una pintura con un pincel común y corriente. Pero nada de esto le importaba, pues estaba completamente perdido por la perfección de Eclena, así que guardó su pincel en un pequeño cofre de madera.
Decidido a pintarla con su mano y un pincel de pelo y madera. Tideo empezó con un lápiz, haciendo pequeños bosquejos, mientras Eclena posaba para él. Con cada dibujo que hacía, mejoraba un poco más en comparación al anterior. Y así siguió, todo el día y el día siguiente y el día que seguía y cuando se dio cuenta ya había pasado un mes completo y estaban en pleno invierno.
Eclena tenía fruta seca en sacos y animales congelados se enterraban en la nieve que se acumulaba a los costados de la cabaña. Con la leña, todo se podía comer y la nieve se podía beber, las noches eran pesadas, pero los dos juntos podían superar el frío pegando sus cuerpos para conservar el calor junto a la fogata, cubiertos de una piel, que en realidad era de oso. Mientras Tideo seguía dibujando a Eclena mientras ella posaba para él. Después del lápiz, pasó a la pintura.
Pasó otro mes antes de que Tideo tuviera lista la forma del cuerpo de Eclena, pero por más que lo veía, no quedaba del todo satisfecho y sin pensarlo un segundo cubrió todo de pintura negra para volver a empezar. Se frustraba de ver la belleza de Eclena frente a él y no poder plasmarla en el lienzo, era algo que ni los dioses le podían conceder, iba a requerir de toda la fuerza de su alma, pues sus ojos estaban ciegos por Eclena. Pero seguía pintando, movido por el amor que sentía.
Estaba atardeciendo cuando Tideo pintaba a Eclena en un lienzo, mientras ella posaba para él. Cuando se escuchó un golpeteo en la puerta, cuando Eclena abrió la puerta, un cuervo negro entró volando y se posó en su hombro, pegando el pico en su oído, y abriéndolo, como susurrando algo. Eclena se puso un saco grueso y tomó una vara de madera y salió por la puerta apresurada. Tideo corrió tras de ella, pero al abrir la puerta sólo vio nieve y un sol rojo, pero a lo lejos escuchaba el marchar unísono de un ejército que se acercaba. Tan perfecto era su andar que sólo podía provenir de su tierra natal, sólo el entrenamiento riguroso de los comandantes creaba un ejército tan magnificente que los pasos de cada soldado estaban sincronizados con los caballos.
Arrastrándose entre la nieve, llegó a un claro donde pudo ver a unos metros las ornamentadas armaduras y espadas del ejército real, frente a él. Pero entre él y el ejército, en un árbol una lechuza blanca pareció destellar y cuando el destello desapareció, pudo ver a Eclena, parada frente al ejército, sin intención de darse la vuelta. Todos los soldados se impresionaron, pero no dieron ni un paso atrás, por lo contrario, asumieron una posición de combate sacando sus espadas y sus lanzas y tensando sus arcos. Eclena entonces adoptó una postura extraña, levantando el báculo de madera que tenía con ella.
El ejército real disparó una lluvia de flechas directo hacia Eclena, pero el cielo se oscureció de repente y de la nada, una tormenta de nieve azotó el campo de batalla, derribando a algunos jinetes y desviando todas las flechas que se congelaron y cayeron al suelo inofensivamente. Esto duró un instante, pues el cielo se volvió a abrir con un tono rojizo y el ejército comenzó su marcha hacia adelante, levantando sus espadas y sus lanzas. Pero Eclena volvió a elevar su báculo y parecía que un brillo rojizo salía de la punta.
Tideo, asustado por la escena que veía, corrió hacia el campo de batalla y al postrarse entre Eclena y El Ejército Real, todos se detuvieron y miraron y lo miraron. Tideo trataba de entender lo que estaba pasando y miraba hacia atrás y hacia adelante buscando una explicación, cuando del ejército comenzaron a escucharse gritos que le advertían que Eclena era una bruja y lo había secuestrado, pero que ellos vinieron a rescatarlo, pero para romper el hechizo tendrían que cortarle la cabeza a la bruja.
Eclena nunca hablaba, pero Tideo que había vivido con ella los últimos meses, sabía que ella no era más que la doncella más bella que jamás había visto, no había dama más virtuosa y perfecta y, por supuesto, lucharía con su vida para defenderla. El ejército no se intimidó, pues su misión era clara, rescatar a Tideo y cortar la cabeza de Eclena. Sólo así tendrían de vuelta a su pintor, para que siga llenando de belleza el reino con su don, pero se detuvieron de vuelta y antes de que Tideo pudiera voltear, fue sujetado de los hombros por un águila, más grande que un hombre, y jalado por encima de las copas de los árboles hasta llegar a la cabaña de Eclena, donde fue depositado fuera en la nieve suave.
El águila entonces, voló de nuevo hacia el campo de batalla y Tideo empezó a escuchar a los lejos el rugido de una bestia que jamás había oído antes. Podía ver una luz que encendía de rojo la noche y al instante escuchaba gritos y el sonido de metales golpeando contra las rocas. Entonces se le ocurrió una idea, entró en la cabaña y buscó el cofre de madera donde había guardado su pincel mágico y cuando lo encontró, se arrastró otra vez en la nieve hasta el campo de batalla.
Al llegar la pelea seguía, sin embargo, pilas de soldados muertos se acumulaban alrededor de un dragón del tamaño de un árbol que luchaba furiosamente contra el ejército, escupiendo bolas de fuego de su hocico y relámpagos que salían de sus ojos. El dragón agitaba sus alas sujetándose del piso y el viento que generaba hacía volar a los soldados derribando varias filas. Con su cola golpeaba a cualquiera que se le pusiera atrás y arremetía el suelo. Los soldados apenas podían acercarse a dragón.
Tideo levantaba el pincel dorado con su mano para que todos pudieran verlo. Sin duda, el brillo mágico del pincel llamó la atención de todos y la batalla se detuvo al instante. El dragón arremetió contra los soldados que la rodeaban y el resto se echó para atrás, ya nadie volvió a atacar pues los ojos de todos estaban sobre ese brillo dorado. El pincel que los dioses le habían dado como muestra de su bondad, ahora era lanzado al aire hacia el fango con sangre, agua y nieve.
Los soldados veían el pincel y veían a Tideo. Pero su expresión ya no era la de antes, ahora Tideo tenía la apariencia de algún miserable ser, maldecido por la fealdad. Mas el pincel los llamaba, los tenía hipnotizados con visiones de fama, fortuna, oro, bellezas y placeres como nunca tendrían acceso. Así que, cuando el primero de los soldados dio un paso hacia el pincel, todos los demás echaron a correr tras él. Olvidando a Tideo y olvidando al dragón gigante. Todos fueron hacia el pincel y uno de ellos fue el afortunado en obtenerlo primero.
Al soldado que agarró el pincel dorado, nadie se lo intentó arrebatar, pues ahora que tenían el pincel, ya no necesitaban a Tideo ni pelear contra un dragón, su misión estaba cumplida. Por traer de vuelta la virtud y la belleza del pincel mágico a su reino, El Rey los recompensaría con tal abundancia y serían recibidos como héroes tan grandes que sus hijos y los hijos de sus hijos usarán armaduras labradas sobre ellos y la batalla contra El Dragón y las pinturas que se hagan con ese pincel colmarán de virtud y belleza las calles del Reino como nunca.
Con un paso relajado, los soldados se alejaron del campo de batalla, perdiéndose en el bosque y en la nieve hacia la ciudad, riendo y bromeando, bajando sus espadas y quitándose sus cascos. Algunos brincando de alegría y otros cargando a los pocos heridos que pudieron salvar. Mientras que en el campo de batalla, alrededor de soldados derrotados apilados unos sobre otros, se encontraba Eclena. Sus ojos brillaban como si tuvieran rayos adentro, exhalaba llamaradas y la expresión de su rostro era atemorizante.
Tideo corrió hacia Eclena, saltando los cadáveres de soldados, espadas, lanzas y escudos tirados en el suelo, además de flechas enterradas. Cuando llegó a ella, la abrazó y los ojos de Eclena volvieron a su color normal, la expresión de su rostro volvió a ser calmada y dejó de exhalar llamaradas. Sus brazos envolvieron a Tideo. Nadie que la haya visto antes convertida en Dragón ha querido volver a estar con ella, pero a Tideo no le importaba, sólo deseaba estar con ella.
Esa noche, en la cabaña, Eclena le explicó a Tideo que en realidad ella era una bruja, había nacido maldita con poderes excepcionales pero que sólo servían para la muerte y la destrucción. Fue desterrada de su pueblo y condenada a vivir en el bosque oscuro, aprendiendo a defenderse sola con la ayuda de sus poderes mágicos. Pero a Tideo no le importaba, ante sus ojos, era la doncella más hermosa del mundo y debía estar con ella para inmortalizar su belleza en un cuadro honraría su perfección eternamente.
Tideo al final terminó su pintura y la tituló “La Doncella Divina”, pero le tomó toda una vida junto a Eclena alcanzar la perfección que él deseaba y cuando terminó, él y ella estuvieron tan cansados, que su vida pasó frente a sus ojos en un instante y su historia fue la de una misma persona y en esta sólo había felicidad. La obra maestra de Tideo, la pintura de su amada Eclena, terminó en la galería de arte real y de todos los cuadros que ahí había, de todas las princesas, reinas y damas que se retrataron alguna vez con pincel mágico o sin él, la obra maestra de Tideo era la más bella de todas, pero nadie nunca supo de quién se trataba o quién la había pintado.
FIN
